viernes, 31 de enero de 2014

Adiós.

Ha llegado el momento de saltar.

De que el sonido de la bala libere mi espíritu roto por los crueles achaques de este injusto destino mío que ha sido escrito. Cada vez creo más que Dios es un niño malo que me quema con su lupa como una vulgar hormiga.

En este frío invierno, plagado de tormentas y lluvias surgidas en mis ojos desteñidos; antes coloreados, amigables y cálidos. Todo eso se quedo en un pañuelo con el que limpié de mi vida eso llamado "felicidad".

Mi alma está rota, corrompida continuamente. Asqueada por mi irónica vida llena de falsas sonrisas.

Y por suerte hoy ya es el último día.
Me levanté alegre, recibí la paliza diaria contento porque no habría más, al llegar a mi casa me asome al balcón, me senté en la barandilla y miré con una sonrisa de lunático el suelo.
Como venganza, mi padre vio como me descomponía y caía al suelo donde nadie lloro mi perdida.

La última muestra de valentía de un cobarde que ha escapado de las palizas diarias y del miedo psicológico a ese puñetazo de amor biológico que caía del cielo para devolverme a la mierda de vida y noquear mi optimismo.

No me despido de nadie porque nadie notará que me he ido.

La rendición sin condición a traído calma a este chico corrompido por la tristeza.


No hay comentarios:

Publicar un comentario