miércoles, 5 de marzo de 2014

Yo era.

Respiró y abrió el enorme pórtico.

Todos que quedaron sorprendidos al verle.
Ahí estaba. Con barba, un tupé alborotado y ropa algo desaliñada.

-Bienvenidos - se limitó a decir.

Todos entraron algo asustados.
Todo estaba a oscuras.
Solo escuchaban al chico de aquí para allá.

Muchos de los allí presentes estaban tiritando.
Ese chico desprendía frío. Mucho frío.

Cuando su vista se acostumbró a la oscuridad,
pudieron ver como en medio de la sala había una gran mesa
rodeada de sillas. Unas sillas que casi parecían sacadas
de un castillo del medievo.

El chico estaba sentado en la cabecera de la mesa.
Todos, acompañados por su mirada, fueron tomando asiento.

Hubo unos instantes de silencio.

-Gracias por venir. Esta soledad me estaba matando.

Nadie se atrevía a contestarle. Algunos siquiera a mirarle.
Se percató de que muchos de ellos estaban tiritando, y se levantó.
Al instante una gran ráfaga de luz se apoderó de la sala.

Ya nadie se fijaba en el frío. Ya nadie separaba la vista de aquello.
Allí, ocupando toda la pared, había un cuadro de lo que parecía ser un dragón negro.
Un dragón que parecía salirse del lienzo.
Un dragón tan imponente que hacía temblar a sus invitados, y ya no de frío.

El chico no pudo evitar sonreírse al ver la cara de sus invitados.

-¿A qué vienen esas caras de asombro?

Se giró y mirando con melancolía el cuadro dijo:

-Tranquilos, solo soy yo. Bueno, al menos, lo era.

Se retiró de la sala arrastrando los pies.
Llegando a un amplio balcón alzó la mirada, con la esperanza de
volver a verse un día allí arriba.
Pero el destino solo hizo que sus ojos se dirigiera al lago.

Un lago cuyas aguas se estremecieron al contacto con su mirada.
Una mirada helada y sin un atisbo del fuego que antes albergaba.


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