jueves, 6 de marzo de 2014

Ella.

Se despertó entre gritos.
Aturdido y empapado en sudor.
Se incorporó en la cama y se tapó la cara con las manos.
¿Por qué otra vez esos sueños?

Recordaba las escamas, el ardor en la garganta.
Recordaba el elevarse del suelo y que todos le miraran con orgullo.
Eso es lo que más echaba de menos.
Esa sensación de que alguien le miraba, y no era por asco.

Se sentó en la ventana. Era un día nublado y lluvioso.
Antes los odiaba, ahora los amaba.

Entonces, alguien llamó a la puerta y se asomó.

-Hola, ¿se puede? - dijo una chica con la voz temblorosa.

No pudo darse cuenta, ya que el estaba de espaldas.
Pero su expresión cambió totalmente al escuchar la voz de aquella joven.
Le resultaba muy familiar.
Era como si su rostro se llenara de luz, calor, vida y melancolía.

Cuando logró ensombrecer de nuevo su rostro, se giró.

-Por supuesto, pasa. Y dime, ¿qué quieres? - dijo disimulando mal su entusiasmo
 al ver, en cierto modo, el rostro que estaba esperando.

Al entrar, sintió el ambiente helado de esa habitación y no pudo evitar hacer
una mueca de desgradado debida al brusco cambio de temperatura.

-Solo quería saber como estabas, desde que te fuiste anoche del comedor
 no hemos sabido de ti. ¿Estás bien? - dijo frotándose un brazo para así, calmar un poco el frío.

Se giró rápidamente hacia la ventana y se recordó allí arriba.
Una amarga lágrima derrapó por sus mejillas.
La secó rápido, y con una sonrisa muy forzada la dijo:

-Ven, quiero enseñarte algo.

Salieron al pasillo y empezaron a andar.
Ella andaba intimidada detrás suya, ya que no le recordaba tan alto.
Al llegar al final del pasillo, el chico estiró el brazo para alcanzar
una cuerda de lo que parecía ser la puerta del ático.

Con un ruido ensordecedor, las escaleras se desplegaron y les dieron paso.
Subieron y el chico recogió las escaleras y cerró la trampilla tras el.

Apenas había luz en aquel lugar, pero rápidamente encendieron un par de velas
que hacían todo un poco más visible.

Todo aquello estaba lleno de trastos. Era un laberinto de muebles y aparatos
antiguos que ni siquiera había visto antes.

El chico, con paso decidido, se dirigía directamente a un gran cofre que se encontraba al fondo.

Con un chirrido, levanto la tapa de aquel viejo baúl. Sacó algo envuelto en un trapo de
terciopelo rojo y se lo entregó al a chica.
Ella lo miró extrañada, y el con un gesto, le invitó a desenvolverlo.

Era una foto enmarcada.
Un dragón imponente, bajando a la cabeza ante una chica.
Una chica que era igual que ella.

Sus ojos se abrieron de par en par al verse en esa foto tan antigua.

-Me recuerdas tanto a tu abuela que tenía que enseñarte esto - dijo el con tristeza.

La chica sonrío acariciando la cara sonriente de su abuela.
No pudo evitar preguntar por el dragón que salía en la foto.

-¿Y ese dragón? ¿Entonces de verdad existieron?

El chico sonrió amargamente. Tanto que el ambiente se heló.
Y con la sonrisa más forzada y dulce que ella había visto jamás, dijo:

-Salgo guapo, ¿eh?




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