miércoles, 19 de marzo de 2014

Cenizas.

¿Que dónde está? 
La verdad no sé, creo que murió.
Desde hace mucho. Desde hace unos años.

En su lugar quedó algo.  
Una persona fría. 
Una persona que a pesar de todo intenta sonreír, y solo le sirve para que la vida no pare de asestarle golpes, que en muchos casos, serian mortales.

¿Qué pasó? 
Ni siquiera sé dónde quedó esa persona. 
No usaba como excusa el tiempo. Sonreía, hacia sonreír.  
Demostraba que tenia mucho que dar, no por obligación. Le encantaba.

Le echo de menos. 
Desde hace tiempo que me muero de ganas de verlo. 
Creo que volvió unos días, pero se volvió a ir y volvió a morir. 
Y a muerto tantas veces que en cierto modo ya no quiero que vuelva porque eso significaría volverlo a perder. 

Ojalá pudiera remediarlo. 
Pero este nuevo Ser ni siquiera merece tener a alguien cerca. 

Creo que lograron lo que querían; hacerle sentir como nada, hacerle sentir que hacía todo mal, que todo era su culpa, que a pesar de todos sus esfuerzos le querían lejos. 

Le quitaron las ganas de reír.
Le quitaron los buenos recuerdos.
Le quitaron el amor.
Pero sobre todo, le quitaron la vida.

De igual modo no les deseaba mal.
Aunque a decir verdad, le arrancaron todo lo que le hacia sentir vivo.

Y tras quitarle la vida, me crearon a mi a partir de sus cenizas. 

Me gustaría volver a ser el de antes.
Pero esa persona feliz, conmigo ya no puede. Conmigo solo muere.

¿Qué hice mal? ¿Soy una persona tan despreciable?
Era feliz cuando yo era él.
No quiero pensar, no quiero vivir. 
En realidad no solo le mataron a él. 
Con su muerte, yo nací muerto. 


jueves, 6 de marzo de 2014

Ella.

Se despertó entre gritos.
Aturdido y empapado en sudor.
Se incorporó en la cama y se tapó la cara con las manos.
¿Por qué otra vez esos sueños?

Recordaba las escamas, el ardor en la garganta.
Recordaba el elevarse del suelo y que todos le miraran con orgullo.
Eso es lo que más echaba de menos.
Esa sensación de que alguien le miraba, y no era por asco.

Se sentó en la ventana. Era un día nublado y lluvioso.
Antes los odiaba, ahora los amaba.

Entonces, alguien llamó a la puerta y se asomó.

-Hola, ¿se puede? - dijo una chica con la voz temblorosa.

No pudo darse cuenta, ya que el estaba de espaldas.
Pero su expresión cambió totalmente al escuchar la voz de aquella joven.
Le resultaba muy familiar.
Era como si su rostro se llenara de luz, calor, vida y melancolía.

Cuando logró ensombrecer de nuevo su rostro, se giró.

-Por supuesto, pasa. Y dime, ¿qué quieres? - dijo disimulando mal su entusiasmo
 al ver, en cierto modo, el rostro que estaba esperando.

Al entrar, sintió el ambiente helado de esa habitación y no pudo evitar hacer
una mueca de desgradado debida al brusco cambio de temperatura.

-Solo quería saber como estabas, desde que te fuiste anoche del comedor
 no hemos sabido de ti. ¿Estás bien? - dijo frotándose un brazo para así, calmar un poco el frío.

Se giró rápidamente hacia la ventana y se recordó allí arriba.
Una amarga lágrima derrapó por sus mejillas.
La secó rápido, y con una sonrisa muy forzada la dijo:

-Ven, quiero enseñarte algo.

Salieron al pasillo y empezaron a andar.
Ella andaba intimidada detrás suya, ya que no le recordaba tan alto.
Al llegar al final del pasillo, el chico estiró el brazo para alcanzar
una cuerda de lo que parecía ser la puerta del ático.

Con un ruido ensordecedor, las escaleras se desplegaron y les dieron paso.
Subieron y el chico recogió las escaleras y cerró la trampilla tras el.

Apenas había luz en aquel lugar, pero rápidamente encendieron un par de velas
que hacían todo un poco más visible.

Todo aquello estaba lleno de trastos. Era un laberinto de muebles y aparatos
antiguos que ni siquiera había visto antes.

El chico, con paso decidido, se dirigía directamente a un gran cofre que se encontraba al fondo.

Con un chirrido, levanto la tapa de aquel viejo baúl. Sacó algo envuelto en un trapo de
terciopelo rojo y se lo entregó al a chica.
Ella lo miró extrañada, y el con un gesto, le invitó a desenvolverlo.

Era una foto enmarcada.
Un dragón imponente, bajando a la cabeza ante una chica.
Una chica que era igual que ella.

Sus ojos se abrieron de par en par al verse en esa foto tan antigua.

-Me recuerdas tanto a tu abuela que tenía que enseñarte esto - dijo el con tristeza.

La chica sonrío acariciando la cara sonriente de su abuela.
No pudo evitar preguntar por el dragón que salía en la foto.

-¿Y ese dragón? ¿Entonces de verdad existieron?

El chico sonrió amargamente. Tanto que el ambiente se heló.
Y con la sonrisa más forzada y dulce que ella había visto jamás, dijo:

-Salgo guapo, ¿eh?




miércoles, 5 de marzo de 2014

Yo era.

Respiró y abrió el enorme pórtico.

Todos que quedaron sorprendidos al verle.
Ahí estaba. Con barba, un tupé alborotado y ropa algo desaliñada.

-Bienvenidos - se limitó a decir.

Todos entraron algo asustados.
Todo estaba a oscuras.
Solo escuchaban al chico de aquí para allá.

Muchos de los allí presentes estaban tiritando.
Ese chico desprendía frío. Mucho frío.

Cuando su vista se acostumbró a la oscuridad,
pudieron ver como en medio de la sala había una gran mesa
rodeada de sillas. Unas sillas que casi parecían sacadas
de un castillo del medievo.

El chico estaba sentado en la cabecera de la mesa.
Todos, acompañados por su mirada, fueron tomando asiento.

Hubo unos instantes de silencio.

-Gracias por venir. Esta soledad me estaba matando.

Nadie se atrevía a contestarle. Algunos siquiera a mirarle.
Se percató de que muchos de ellos estaban tiritando, y se levantó.
Al instante una gran ráfaga de luz se apoderó de la sala.

Ya nadie se fijaba en el frío. Ya nadie separaba la vista de aquello.
Allí, ocupando toda la pared, había un cuadro de lo que parecía ser un dragón negro.
Un dragón que parecía salirse del lienzo.
Un dragón tan imponente que hacía temblar a sus invitados, y ya no de frío.

El chico no pudo evitar sonreírse al ver la cara de sus invitados.

-¿A qué vienen esas caras de asombro?

Se giró y mirando con melancolía el cuadro dijo:

-Tranquilos, solo soy yo. Bueno, al menos, lo era.

Se retiró de la sala arrastrando los pies.
Llegando a un amplio balcón alzó la mirada, con la esperanza de
volver a verse un día allí arriba.
Pero el destino solo hizo que sus ojos se dirigiera al lago.

Un lago cuyas aguas se estremecieron al contacto con su mirada.
Una mirada helada y sin un atisbo del fuego que antes albergaba.